Después, ya en Montecarlo, caminando por la calle antes de la pelea, miraba los Rolls-Royce, las Ferrari, los Porsche, los cruceros amarrados en la marina –al Gordo le gusta la pesca- y movía la cabeza así, se mordía los labios y repetía: “Mirá cuando se lo cuente a los muchachos. Mirá cuando se lo cuente a los muchachos”. Porque de eso hablamos también. Muchas, pero muchas de las cosas que uno hace, por no decir casi todas, las hace para contárselas después a los amigos.
Roberto Fontanarrosa - Cuando se lo cuente a los muchachos
De Fontanarrosa siempre había leído textos sueltos en fascículos de diarios, en recopilaciones de cuentos o en la web. Hasta que alguien me regaló mi primer libro de él: El Rey de la Milonga, que incluye el relato citado al comienzo. Hoy se cumple un año de su fallecimiento. Y también hoy hace dos años y un mes que se fue la persona que me hizo ese obsequio.
Un día antes del que se considera el día del amigo, me tomo el atrevimiento de contar a estas dos personas entre mis amistades. A la que me regaló el libro y al que lo escribió. A la primera porque la pude conocer, pude improvisar debates de política con ella mientras esperábamos el escrutinio definitivo de alguna elección, pude recibir sus consejos y pude disfrutar y abusar de su tolerancia.
Al Negro lo pongo en la lista porque sentarse a leerlo es tan simple y tan grato, como sentarse con un amigo a tomar mates y compartir anécdotas. Por eso son tan geniales sus cuentos. Porque están escritos de una manera tan natural que terminás creyendo que eso que te cuenta, le pasó de verdad.
Entonces no hay forma de errarle al decir que el Negro es mi amigo. Porque si creo que me cuenta historias verdaderas, puedo creer que lo conozco. Y sí, muchas veces conocer a alguien es suficiente para quererlo tanto como a un gran amigo.
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